“EL OTRO LADO” parte I

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Jorge; Jorge, no quiso deshabituarse a las vacaciones recién concluidas.

 Susan; Susan , estaba hecha al horario trabajo-ciudad-hogar.

 Así que el abyecto Jorge decidió llamar a unos colegas y salir aquel jueves postvacacional. Todo fue un poco forzado, los amigos no sabían decirle que no.

 Jorge; Jorge, durante la cena bebió compulsivamente, mientras le reponían la cerveza bebía vasos de vino de un trago. Nadie lo veía o tal vez nadie quería ver y por tanto hacerse cargo de los problemas de la perla del grupo con el alcohol. Al principio nuestro elemento a destacar era más bien una china en el zapato para ellos, pero fue recubriéndose poco a poco de finas capas de nácar para su coraza. El alcohol era su vía de escape, le hacia ver que su matrimonio era plenamente satisfactorio y pensaba que lo mejor de esta vida acababa de comenzar. Remató con varios chupitos de ron.

 

Tras varias horas de acosar a universitarias en los bares pudo comprobar que mas que rechazo, el provocaba repulsión. ¿Sería su incipiente calva, su creciente barriga? No, es que no se tenía en pie de tanto alcohol. Creo que fue él quien propuso ir a un bar de putas, todos dijeron: ¡no!

 

Los continuos rechazos de amigos y extrañas le hizo pensar que él era distinto, de una clase mejor, él era un auténtico liberal, sin prejuicios ni remilgos. Se marchó, comenzó a andar solo por la ciudad, de madrugada, en busca de otra cueva de atmósfera emponzoñada de alcohol y otras sustancias menos volátiles. Pronto el alcohol no encontró buen acomodo en su estómago, los mareos y las nauseas comenzaron. Se refugió entre dos coches y comenzó a dar sonoras arcadas, no salía ni el postre, que aún lo podía notar, como a lo largo de toda la noche, intentando cubrir el trayecto que separa la boca del estómago. Tales fueron los esfuerzos de contracción, que casi se orina encima, por suerte aún le quedaba la conciencia justa para sacarse la polla y mear. Sin tiempo de metérsela volvieron las arcadas, esta vez acompañadas de dolorosas convulsiones de estómago,  se tambaleaba tanto que se tenía que coger al techo de uno de los coches para no caer. Al fin cedió y se acurrucó entre ellos.

 

Jorge; Jorge, daba una especie de lamento que se transformaba en sonoros gemidos que le destrozaban la garganta, ésta se encontraba totalmente empañada de líquidos que animan a la regurgitación, parecía un león herido invocando la ayuda del resto de la manada. Pasaban parejas, grupos de amigos, coches, bicis, motos, solitari@s en busca de una oportunidad para sacar el as de su manga, nadie ayudó. Risas, insultos y comentarios de todo tipo fue la única colaboración. Sollozó, pensó en su mujer acostada en la cama en ropa interior, y lo bien que él se sentiría allí ahora mismo abrazado a ella.

 

            Un grupo de chic@s veinteañeros se acercó, le preguntó si necesitaba algo, si quería que lo llevasen a su casa o llamasen a un taxi.

   Jorge; Jorge, quería decir sí pero nada le salió, no podía mover un músculo de su cuerpo. Una hermosa muchacha se acerco, se acuclilló junto a él y le acarició. ¡Por fin! De una forma un poco retorcida pero esa noche estaba empezando a sonreírle, todo había merecido la pena y encima con una veinte años más joven que él, tan fresquita y tierna. Pero con ese último pensamiento todo se desvaneció, su lado conciente no aguanto más y decidió que era hora de descansar y allí mismo Jorge se quedó dormido, soñando con una cama rebosante de universitarias y su mujer en la cama de matrimonio de la habitación de al lado, esperando a que termine y se acerque a dormir junto a ella tras la orgía, para él era su refugio favorito.

 

            Susan; Susan desnuda frente al espejo pudo apreciar como la toalla le estaba empezando a robar el enmascarador y poco sutil embellecedor que era el tono moreno que había adquirido su piel durante las vacaciones, dejando así al descubierto la inexorable y unidireccional marcha espaciotemporal que arrastra consigo segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años e ilusiones. Le agobiaba ser plenamente consciente de cómo el ineludible paso de su vida le robaba su fertilidad. La fobia posadolescente a formar una familia, se desvaneció junto con los recuerdos de apuntes estudiados par exámenes de universidad. Ahora tras una temporada que autodenominó neutral, el sentimiento maternal había germinado, crecido pero no florecía, siempre recordará el día en que en un cruce de caminos se equivocó de lado, y pese a saber desde hace tiempo que ese camino lleva a ninguna parte, ella sigue adentrándose en el, guiada por sus miedos que no hacen otra cosa más que agrandar el vacío físico y mental. Para Susan, sin salida, no hay salida.

 

            Decide darse un baño a ver si así espanta, antes de ir a la cama, algunos pensamientos martirizadores. Se agacha a abrir el grifo del agua natural que en esta época del año aún sale algo tibia, aunque cada vez menos. Al estirar su desnudo cuerpo y doblar la espalda para alcanzar los grifos, pudo observar  como sus senos se volcaban hacia delante  quedando suspendidos en el aire. Y esos melifluos abrevaderos de paladares consecuentes, se le hacían vergonzantes rescoldos de lo que en su día fueron hermosos volcanes de pasión. Incapaz de percibir la  concordancia que producían  dentro del conjunto de su cuerpo  y que hacían a este adquirir un hermoso valor carnal no tan lejos de la turgencia como ella creía ver. Se enderezó y empezó desde el imparcial y deformador prisma de la auto-observación que devuelve el espejo La flacidez que habían ganado sus carrillos, papada, ojos, frente, brazos, culo, muslos y pantorrillas, por supuesto todo exagerado. Además se dedicaba a adquirir ciertas posturas más o menos cotidianas para deleitarse de forma sádica en la acumulación, pausada pero sin descanso, de grasa en su cintura y caderas. Observó con cara de desaprobación como su morfología iba volviéndose extraña para ella, que llevaba siguiéndola desde años, se iba transformando en el martirologio de su vida actual. Su piel comenzaba a adquirir una apariencia poco atractiva, producto de la acumulación de grasa bajo la misma. Empezaba a sustituir cada vez con más frecuencia el tiempo empleado en restar importancia al físico, por minuciosas observaciones y críticas frente al espejo.

 

            Susan; Susan, se encontraba demasiado turbada, por acumulación de sentimientos, como para apreciar la decenas de atractivos recovecos que aguardaban en su cuerpo para inexistentes amantes. Amantes que podrían ser cualquiera de los animales funcionales que se quedaban mirando su voluptuoso cuerpo por la calle, en un bar durante el almuerzo o aquellos que se decidían a lanzarle algún piropo, aunque esta última opción era la menos probable. Además había que contar con los conocidos que trataba con frecuencia y entre los que despertaba además de admiración y amistad, algún deseo de lujuria guardado con celoso secreto.

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