“El insomnio de una noche de verano: Metamorfosis” I parte.

Imagen

 

 

Medía el paso del tiempo en función del ruido que venía de la calle, no sabía cuantos minutos estaba en la cama, tal vez fueran ya horas. En el exterior el silencio era casi perpetuo, solamente interrumpido de forma esporádica por algún coche en la lejanía. Podría haber tomado como referencia del transcurso de la noche la función en proporción directa con las vueltas dadas en la cama, ¿cuántas eran ya? Miró hacia la cortina que tapaba la ventana, que abierta su hoja de forma estratégica del lado de la cama que sustentaba la mitad superior de su cuerpo, así si soplaba aire la resistencia de la tela haría que éste se redireccionase hacia la cabeza. Pero la cortina no se movió en toda la noche.
 
      Pronto el ventilador, que poco aliviaba la bochornosa situación, se convirtió en una especie de objeto de estudio, de recuerdo casi melancólico. El aire tibio que desprendía le traía recuerdo de tierras desérticas, lejanas y evanescentes, pero con sentimientos de hogar. ¿Cómo podía ser si nunca había estado en esos parajes? Se preguntaba a la vez que su imaginación los hacía totalmente familiares. Una sensación fisico-biológica lo sacó de su ensimismamientos, se le abría el estómago, estaba hambriento, un hambre repentina como cuando te llega el aroma de alguna cocina preparando un plato que tal vez sólo exista en tu imaginación, un olor que te trae manjares cocinados en un antiguo hogar al que ahora echas de menos. Pero ahora no se olía a nada que no fuera el sofoco que hacía transpirar a sus poros.
 
      El expansionador de esfínteres estomacales, el vaciador de estómagos repletos era esta vez un sonido, el suave ruido del rotor del ventilador, que cada vez más se asemejaba a un zumbar de insectos. Intentaba explicarse cómo ese ruido se había deformado de tal manera y cómo esa deformación despertaba en él su apetito, no podía seguir pensando, la deshidratación que el contacto con la cama y la almohada producía en su ser no lo dejaba pensar con claridad. Se incorporó y al sentarse sobre la cama observó con horror como un nuevo apéndice se había incorporado a su cuerpo. Una cola se deslizaba desde su entrepierna e iba pasando de una parte ancha en el inicio a una fina y delgada al final, final que estaba más allá de sus pies, casi colgando de la cama. Fue a tocar aquella ilusión para salir del equívoco, pero lo que vio lo sumió aún más en su incredulidad. Era su mano o más bien lo que tenía en lugar de su mano, una especie de garra torpe con tres grandes dedos terminados en romas uñas. No lo podía creer ¿en qué se estaba convirtiendo? Se volvió a acostar, mirando al techo, intentando asimilar que lo visto era producto de la imaginación, pero el ruido del ventilador no le dejaba, le perseguía como la imagen de un enjambre listo para servir.
 
     Escuchó pasos en el piso superior, la hija de la vecina acababa de llegar a su casa, pensó en ella y sólo conseguía vislumbrar a una enorme mariposa de hermosos colores y un cuerpo realmente apetitoso. Se levanta la madre, abre la puerta de su habitación, lo que le hace recordar a nuestro protagonista que tal vez con un aparato de aire acondicionado, esta pesadilla no tendría lugar, escucha una conversación en voz alta, preguntas, reproches, portazos,  un par de gritos de la madre: una tremenda mantis de ojos saltones que podía sentirlos estallar en el interior de su boca en el primer mordisco. Otra puerta, el hijo mayor chillando, insultando a madre y hermana, lo sentía andar por el suelo vecino y el techo propio, recordándole a esos apetitosos y crujientes escarabajos pelotero. Sabía que si subía inmediatamente al piso de arriba con sólo tocar el timbre podría darse un gran festín.
 
     Pero al concentrarse en lo que estaba viendo en ese momento todo se desvaneció, su cerebro procesaba sin haberse percatado, dos imágenes simultáneas, una el techo de la habitación, la otra el ventilador, se oye un ruido fuera. La imagen de su derecha dirigida por su ojo derecho, fue a parar de nuevo a la cortina. Una vez más el ruido de todas las noches, aquel casi imperceptible en invierno, le despertaba de vez en cuando en las noches de verano, el depredador nocturno, apostado como siempre en el balcón de la azotea del piso del otro lado de la calle. Paisajes y paisanaje condenados durante décadas a tener la misma visión desde sus ventanas: los ángulos convexos, las líneas rectas paralelas o convergentes del edificio de enfrente.
 
      Intentará salir de aquella paranoia, de aquel sinsentido, imaginando el recorrido que haría la brisa nocturna en caso de existir. Un recorrido que iría desde la ventana de la habitación situada a su derecha, saliendo por la puerta de la misma ubicada en su izquierda, entrando en el comedor tras atravesar el ancho del pasillo y saliendo como atraida por magnetismo por el balcón. Lo increible era que podia visualizar el recorrido sin mover la cabeza ni los ojos, , así tal y como estaba acostado en la cama sobre su espalda, veia perfectamente tanto la puerta y las sombras del comedor en la penumbra de la noche, como la ventana y la cortina, iluminada por la farola cuya altura se paraba justo a la misma que su ventana.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s