futuro nanomolecular

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No llegó en patera, ni en los bajos fondos de un camión, sino en LHC.

No cruzó la frontera norte ni la sur, no. El límite que ha traspasado es el de lo conocido.

Su llegada no ha supuesto delito, sino que ha sido recibido con gran algarabía.

Pero algo tiene en común con el resto, no se sabe exactamente quién es, solo se conoce su nombre: Bosón. Un nombre bastante común allí de donde viene, algo así como aquí Jose; Paco o Juan. No hay apellidos, fecha de nacimiento, país de origen ni un número de identificación. Se le ha puesto en cautelosa cuarentena hasta conocer correctamente su identidad, mientras estará ingresado en un CIE, supongo.

Si finalmente descubren que su apellido en vez de Higgs es Suleiman, Keita, Salam o algo por el estilo ¿lo volverán a expulsar al límite de lo desconocido? ¿serán garantizados sus derechos más básicos?

Se celebran goles, hallazgos nanométricos, primeros puestos en meta y la recuperación de vetustas escrituras, porque más allá no hay nada. El abismo, la desilusión, la incertidumbre, incomprensión, rechazo, injusticia, avaricia, abuso, corrupción y el distinto trato de siempre.

Somos vasos comunicantes a la espera de ser interconectados más allá de la falsa sensación de real que nos aporta la gran conexión virtual. Mientras tanto seguiremos igual, sin entendernos.

Ya ves, nada nuevo, pero esta vez te digo que el problema no es solo de ellos, tampoco nos entendemos tu y yo, cuestión de idioma, de espacio entre los dos, sordera o falta de convicción, tal vez  sea cuestión de olvidar a la primera persona del plural y singular. Algo que se antoja imposible ante la inmortalidad yoísitca.

Tal vez el problema está en pensar en que la solución se puede plasmar en un papel o en un ordenador a través del Word, en un sillón, distraído por el mecerse de algunas hojas al ritmo del ventilador.

Tal vez a este tipo de materia viva le ha llegado la hora de su descomposición, no hay error, es ley de vida: la mort. Alguien dijo que la muerte es la única certeza que tenemos en la vida y sin embargo es una de las mayores incertidumbres de la misma y para colmo cuando te toca a ti no estás para vivir la experiencia. Ante la evidencia de la imposibilidad de vivir nuestra muerte, nunca morimos para nosotros mismos, lo dicho: el yo es inmortal.

Tal vez deberíamos atrevernos más, pensar menos, eliminar dos de cada tres normas que nos imponemos. Dejar de vivir en base al único tiempo que no existe: el futuro.    

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