Rezando a Dios: desenlace.

El texto viene de la 3ª parte, sita más abajo.

 

Se vistieron y ella le preguntó si llevaba marihuana, tras la respuesta afirmativa ella sacó una pequeña pipa de su bolso e hizo un gesto para compartir pipa ella, hierba él.

-Pero esta maria está picada- dijo Maira con desagrado.

-Tranquila- replico Marcos- está picada porque la mezclé con unas setas secas machacadas y hechas polvillo, un truco que me recomendó un colega de falansterio.

– ¿De fa…. Qué?

-Fa-lans-te-rio, ya te comentaré- dijo Marcos, algo más arisco al empezar a notar ciertos síntomas de arrepentimiento, un sentimiento de culpa que no le agradaba pero que era incapaz de repeler. Se preguntaba, para sí, qué tipo de amargo recuerdo guardaba en algún oscuro y recóndito rincón de su subconsciente.

-Toma prepáralo mientras me como un par de trozos de pizza del microondas, por cierto ¿de qué es?- dijo Maira sacando a nuestro protagonista de su ensimismamiento.

-No sé, es como cebolla, con pimiento y algunas verduras más, es de la que más había sobrado.

-Normal, esa es la que se ha hecho con la masa que preparó Rita con algo de marihuana y la gente ha comido poco.

Marcos devoró con rapidez un primer trozo, dio un par de caladas a la pipa y para cuando fue a empezar con el segundo trozo, se sorprendió al ver como el rostro de ella desaparecía tras las bocanadas de humo que salían expulsados por unos labios a los que el devenir de la noche había borrado todo el luminoso rojo que traía al principio.  Cuando Marcos se termino su segunda porción, ella le extendió el brazo con la pipa y un mechero con una bolsita de celofán. Agarro el ofrecimiento y salió fuera vaciando la pipa y rellenándola de nuevo con la mezcla, encendió el mechero y acercó la llama a la mezcla puesta en la pipa, mientras iba aspirando y podía ver como rápidamente la mezcla se transformaba en una especie de brasa al rojo, paró de calentarla al notar sus pulmones llenos, retiró la pipa de la boca con lentitud y empezó a exhalar una gran bocanada de humo denso. Se recostó en una silla y volvió a repetir el proceso, pero ya empezaba a notar los efectos de la vez anterior, o tal vez era la masa de la pizza ingerida o la mezcla hecha a lo largo de la noche. Volvió a exhalar el humo, esta vez parecía más denso aún, era como si entre los árboles del exterior empezara a meterse la típica niebla escarchada de las noches de invierno.

No se oía música, solo grillos, más lejos algún mirlo y la escandalosa alarma de un pavo real noctámbulo, de fondo constante un coro de perro ladrando a la luna, que bañaba con su casi plena luz el paisaje. Giró la cabeza para escrutar el interior de la casa y decirle a Maira que pusiera algo de música. Se quedó totalmente helado al comprobar que en el sillón del comedor en vez de ella, estaba sentado él mismo. Se imaginó que sería el efecto del cóctel que llevaba en su cuerpo, así que decidió seguir con el juego, vació la pipa, la rellenó y dio otra calada. Exhaló el humo, que se quedó compacto durante un par de segundos ante él, una imagen que le evocó y transporto a las nieblas del corazón del Congo de Joseph Conrad. Al ir disipándose la nube vio como la chimenea de la casa se desprendía y desaparecía como si fuera una nave espacial. Tras ella fue el tejado y la estructura sobre la que se sostenía, las paredes se deshacían ladrillo a ladrillo y se marchaba a toda velocidad hacia el espacio infinito todo el mobiliario, los árboles del exterior, el suelo de la casa y del exterior, de tal forma que en pocos segundos quedó sentado en el vacío. Sin nada ni nadie que lo constatase, ya no existía, se dio por muerto a sí mismo cuando un terrible olor a azufre empezó a llegar a su pituitaria, podía ver bajo él el resplandor de un suelo de lava. Esta parte ya no le gustaba, así que decidió reavivar el contenido de la pipa que aún tenía en la mano junto con el mechero. Dio una calada, expiró y una fuerte somnolencia se apoderó de él, en  el estado de incorporeidad en que se encontraba pudo comprobar como el humo que salía de su boca olía a incienso, ya no se olía a azufre, todo era una luz infinita y olor a incienso.

En el monasterio trapense de Oreisa, donde se guardaba un riguroso voto de silencio, tenían la costumbre de anunciar la cena paseando por las puertas de las celdas de las monjas con un incensario humeante. La hermana mayor despertó del ensimismamiento inducido por las largas plegaria a Dios, para que le quitase de la mente las imágenes que permanecían en su recuerdo desde hacía décadas. Su conservadora familia avergonzada por la condición  sexual de ella, la enclaustró, y ahora solo le quedaba el arrepentimiento de una culpa inducida, solo le quedaba una pared llena de desconchones y humedades frente a un reclinatorio, incapaz ya de disfrutar de las vivencias de su juventud y que le martirizaban en la lucha por llenar el vacío que dejaba la ocupación de Dios en ella.  Así para lo que algunos es una formidable y sensual ensoñación, para ella se había convertido en una terrible pesadilla de represión.

 

Fin de esta historia, espero haber entretenido.

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