El tambor del espantapájaros

El olor de la oliva recién arrancada de la vida; recogiendo leña de las podas; noches pelando almendras al calor del lar hecho con la leña almacenada; noches de verano sentado en el poyete que rodea la casa ante  la inmensa oscuridad del campo, inabarcable el halo de la luna y el número de estrellas visibles se antoja imposible de contar mientras estoy  escuchando  los escalofriantes reclamos de la zorra entre los bancales; baños en pozas de finísimas agujas de cristal; risas en las enjabonadas pendientes del embalse, viendo quién era capaz de aguantar más tiempo haciendo de bardomera en la tobera que usaban para rellenarlo. Tu recuerdo me hace sonreír, me emociona. 

EL TAMBOR DEL ESPANTAPÁJAROS  (I)

–         Hola

–         Hola ¿te pasa algo?

–         Debo contarte algo que me ha ocurrido esta mañana, bueno en realidad pasó hace tiempo, pero lo creía olvidado. Al parecer solamente estaba guardado en algún lugar insondable y esta mañana me han dado la llave para abrirlo sin querer y no poder borrar la historia que te voy a contar de mi mente en todo el día. Durante el viaje de vuelta no he podido pensar en otra cosa, los kilómetros y los minutos pasaban sin darme cuenta, tal era mi abstracción.

Como te decía esta mañana cuando llevaba un rato en carretera paré en una venta a más de 800 kilómetros de aquí, me pedí un café con leche y tostadas con aceite. Al ponerme cerca la aceitera, sin ser consciente del por qué, se me han puesto los pelos de punta y los pezones se me notaban claramente a través de la camisa. Creía que era por las imágenes que estaban poniendo en la tele, realmente hermosas, del comienzo del día de ayer en un valle rodeado de bosques con hojas marrones, amarillas, rojas y de todos los tonos intermedios que puedas imaginar. Me acordé de mi último viaje por el norte porque era una zona por la que pasé, además estaba el ruido del agua, el ruido del agua… pero al echar el aceite sobre el pan aún caliente he sabido con certeza el motivo que me ha movido a estremecerme de esa manera, con esos escalofríos.

El olor de ese aceite me ha recordado los inviernos en la casa del pueblo de Gabo, en concreto los días de diciembre en los que recogíamos la oliva, el  aroma que subía tras el crujido susurrante que produce el líquido frío al tocar el pan caliente me ha recordado con total claridad al olor que desprende la oliva cuando te arrodillas en la tierra del bancal, te pones la malla repleta de frutos encima de las rodillas y empiezas a escarbar en el montón para quitar las pequeñas ramas que hayan podido caer al rastrillar la olivera. Resulta que uno de los camareros, ya ves lo pequeño que es el mundo, de unos 20 años, es de la zona y cuando hace visita carga con aceite a la vuelta.

El recuerdo es realmente hermoso, sino fuese porque seguidamente me viene a la mente como si lo estuviese viendo,  la última vez que pasé allí una temporada.

Durante las vacaciones de verano del instituto decidimos coger la bicicletas, el saco y la esterilla y recorrer durante un par de semanas toda la comarca con la intención de darnos cada día un baño en una zona distinta, un día una zona del río, otro día el arroyo de abajo, otro en el cañón, el embalse, bueno puedes imaginarte.

Gabriel tenía un hermano mayor que él,  no sé si lo conoces pero sabrás que tuvo problemas al nacer y su desarrollo… digamos que se estancó antes de la pubertad. La madre le compró unas ovejas y unas cabras y el era feliz al desarrollar un trabajo y ser útil a la casa, tal era así que cada año tenía más ganado, incluso hacía instrumentos con los huesos de los animales y pellejos, además con las pieles a las que le dejaba el pelo le sacaba aún más provecho forrando sillas y otras cosas para la gente que venía de toda la zona.

        Ya sabes que los padres se separaron cuando Gabo era pequeño, él fue con su padre a la capital, por el tema de los estudios, y ella que no quería salir del campo se quedó allí con Tasio. Gabriel aprovechaba  muchos fines de semana y todas las vacaciones para pasarlos en el campo …

Bueno que pierdo el hilo, al volver del viaje vimos que ese día no habían salido los animales, al entrar a la casa estaba todo manga por hombro y había decenas de moscas de todos los tamaños revoloteando por la casa.  Subimos a echar un ojo  a las habitaciones y ya por las escaleras empezó a oler muy mal y siguiendo el olor entramos al dormitorio de la madre de Gabo. Allí estaba Tasio, en la cama junto a su madre muerta hacía días de un infarto en el corazón, no recuerdo exactamente lo que dijo el médico, pero sí recuerdo lo rígida  y fría que estaba, era como una barra de hierro que se empezaba a cuartear y oxidar por la corrosión . El olor era insoportable y te penetraba hasta lo más profundo de la amígdala bajando luego al paladar y haciéndote segregar una saliva amarga que producía arcadas, no nos resulto fácil separa a Tasio de su madre.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s