El tambor del espantapájaros (II)

 

(Este texto viene de la primera parte) 

 

Para que lo entiendas más fácil, debes pensar que la casa estaba sola en medio de decenas de hectáreas de bancales y tal vez podía pasar algún vecino una vez por semana para ir a controlar la tierra y a lo mejor paraba para tomar un café o un anís de los que hacia la madre de Gabriel, pero había rachas que podían estar un mes sin ver a nadie.

El padre fue al pueblo a gestionar los trámites del funeral y el entierro, también se encargó del papeleo de las tierras y la casa. Ante la imposibilidad de llevarse a Tasio decidieron dejarlo en el campo, al fin y al cabo pasaba todos los días solo en el monte con el rebaño y por la tarde arreglando la cuadra, la tierra, ordeñando y todo lo que acarrea esa vida. Los vecinos dijeron que se encargarían de que no le faltase comida y algo de orden y limpieza personal y doméstica y que si fuese necesario cogerían parte de lo que ganaba con la leche, carne o artesanía para administrar los gastos.

El caso es que antes de terminar el año los llamaron para decirle que habían encontrado muerto a Tasio en una rambla cercana que llamaban rambla del cojo , creo que por el bisabuelo de ellos, no quisieron decirles nada más hasta que no llegasen al pueblo, así que las conjeturas de camino fueron encaminadas a que se caería  en algún despiste o intentando recuperar a algún animal extraviado. Pero no fue así, fue algo cruel, le pegaron un par de tiros de escopeta, de esas con cartuchos de perdigones, lo remataron aplastándole la cabeza con una piedra, después le metieron una especie de garrocha por el culo, lo clavaron en la tierra y le pusieron una rama grande que le ataba los brazos extendidos y unos de sus tambores sujeto entre las piernas. Parecía un cristo, aunque allí le recuerdan como el espantapájaros.

Y tiene su porqué…

Al parecer su madre iba de vez en cuando al amanecer con una radio puesta a todo volumen paseando por las ramblas, su intención era alejar a los pájaros de las redes que tendían los pajaristas, así los llaman allí, por la noche. Lo hacían así de forma furtiva y clandestina porque estaba prohibido desde años antes, porque esquilmaron toda la zona de pájaros, nadie sabía a ciencia cierta quienes eran, ya que de repente una mañana había redes y a la otra ya no. Alguna vez le rompieron algún cristal de una pedrada por la noche a la casa de Gabo, estaba claro que su madre no les caía muy bien.

Según nos contaron los vecinos, Tasio seguía la tradición de la madre, pero en vez de ir con una radio, iba aporreando un tambor  al amanecer mientras se reunía el ganado para salir a pastar, hasta que se lo quitaron de en medio. Se sabe seguro que fueron ellos porque cuando lo mataron le habían echado por encima una red de la que se usa para atrapar aves, pero se sigue sin saber quienes son, porque en la comarca hace décadas que nadie practica ese tipo de caza, por lo que suponen que debe ser gente de fuera, la verdad es que no se sabe.

–         Vaya, no sabía esa historia de Gabo.

–         Ya, no es algo que apetezca contar. Y ya sabes como son ese tipo de pueblos, que no  tardan nada en mitificar esos acontecimientos, y dicen que algunos amaneceres aun se oye el aporreo del tambor, aunque Gabo me dijo que es un pequeño salto de agua que se produce cuando la rambla viene un poco crecida.

Sé que pasé buenas temporadas allí y momentos realmente hermosos, como cuando en invierno  íbamos a lo alto del cabezo y los pequeños pueblos de la comarca, con sus casas apiñadas tirando humo por las chimeneas, que esparcían el olor por todo el campo, y las calles alumbradas por un par de farolas de luz anaranjada le daban la apariencia desde la lejanía de pequeñas lumbres en las que ya solamente quedan la encendidas brasas.

Habrá que volver y seguir repoblando la cada vez más yerma  memoria de momentos tan agradables como esos…

 

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