edad: joven.

  

 “… me he quedado en mi madriguera, como un animal acosado, bajo el efecto de la dormidera y el peso de mis pestañas…”

H. S.

        Se despertó, era mediodía y el reloj-radio-despertador no le había avisado a la hora acostumbrada y comprobó que efectivamente, estaba puesto como debía.

        Era el primer lunes de sus vacaciones, estuvo todo el fin de semana celebrando el fin de los rodajes de temporada. Encendió la luz, entró en el cuarto de baño y fue tan desmesurado y prolongado el vaciado de su vejiga que tuvo que apoyarse en la pared para combatir el creciente hormigueo producido por el cansancio de sus piernas recién levantadas. Al acabar se lavó y vio en el espejo al espectro del famoso cocinero de la tele, había ojeras, barba, arrugas, una sobresaliente barriga, unos labios casi inexistentes y sobre todo faltaba el mágico artificio atmosférico de la televisión en diferido.

        Fue hasta la cocina a desayunar un zumo y unas tostadas. El lugar era amplio y espacioso, necesario para albergar a todo el equipo de rodaje diario. Abrió el armario del pan, había blanco, moreno, tostado, de cereales, integral, todo cuidadosamente ordenado. Cogió el blanco por su abundante molla, dividió la barra en dos partes y una de esas partes la abrió por la mitad, dividiéndola así en otras dos partes, estas no eran iguales como las de antes. Se acercó al lugar de los aceites y de las especias, había aceites de varios lugares conocidos en todo el mundo por la calidad del jugo extraído al fruto de la oliveras, también había aromáticos y con sabores (ajo, pimentón, hierbabuena, menta…), además de un sin fin de especias, se podría decir que estaban todos los condimentos del mundo e incluso de otros planetas, olores y colores nunca pensados ni imaginados.

         Todo estaba ordenado a la perfección de forma alfanumérica. Cogió aceite de su tierra, del sur, y sal, pensó tostar un poco el pan ya que estaba algo reblandecido de haber estado todo el fin de semanas en el armario. Lo puso a tostar, y mientras la incontenible energía calorífica del horno retenida por su resistencia deshidrataba el pan, el fue a su habitación, encendió el ordenador y cuando se disponía a poner música se dio cuenta de la cantidad de discos y canciones sueltas que tenía. “Debo ordenar este caos” se dijo. Empezó a meterlo todo en carpetas con el nombre de géneros musicales, a grandes rasgos, a lo bruto y con poca delicadeza hacia esas obras.

          Cuando estaba todo dentro de cuatro carpetas, vio que no era muy correcto y que el caos se resistía, por lo que se metió en cada carpeta e hizo carpetas nuevas con subgéneros, pero seguía sin convencerle, por lo que hizo carpetas más específicas aún y a repartir las carpetas de antes entre ellas. Pero el caos se resistía. Siguió haciendo carpetas y subgéneros recién inventados y que solamente reconocería su imaginación, se dio cuenta del detalle y que tenía ante sí el mismo número de carpetas que antes con el nombre del grupo, disco y canción al final del mismo, solo que ahora le precedía un galimatías de palabras y signos indescifrable. Además para llegar a cada disco o canción la ruta a seguir era tan larga y laberíntica que necesitaría un elaboradísimo esquema algorítmico para llegar. 

     El caos había ganado, se había hecho más grade aún, el ordenador no lo resistió y murió tras el suicidio inducido del microporcesador. Esto hizo despertar de su ensimismamiento al famoso cocinero, se preguntó que hora sería, fue a verlo en su radio-reloj-despertador, y descubrió que no había pasado ni un sólo minuto desde que se levantó. Se acercó al pequeño y diabólico electrodoméstico (ideado para la tortura humana y perfeccionado en su masoquismo con la opción snoozee) para comprobar que era de juguete, de broma, con una pegatina con números a modo de hora, era mediodía.

      Se acordó de las tostadas, fue al horno, estaba frio y el pan igual que lo metió, era de plástico, de decoración. Algo se encendió en su mente, le iluminó la mirada, era el recuerdo de una de las normas de la metafísica que leyó en un libro que trataba de refutar las ideas y conceptos salidos en las pelis de ciencia ficción más famosas: “… el desafío de la entropía que rige y se organiza a través del caos, te puede llevar a mundos irreales: de ficción…”

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