“EL OTRO LADO” parte I

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Jorge; Jorge, no quiso deshabituarse a las vacaciones recién concluidas.

 Susan; Susan , estaba hecha al horario trabajo-ciudad-hogar.

 Así que el abyecto Jorge decidió llamar a unos colegas y salir aquel jueves postvacacional. Todo fue un poco forzado, los amigos no sabían decirle que no.

 Jorge; Jorge, durante la cena bebió compulsivamente, mientras le reponían la cerveza bebía vasos de vino de un trago. Nadie lo veía o tal vez nadie quería ver y por tanto hacerse cargo de los problemas de la perla del grupo con el alcohol. Al principio nuestro elemento a destacar era más bien una china en el zapato para ellos, pero fue recubriéndose poco a poco de finas capas de nácar para su coraza. El alcohol era su vía de escape, le hacia ver que su matrimonio era plenamente satisfactorio y pensaba que lo mejor de esta vida acababa de comenzar. Remató con varios chupitos de ron.

 

Tras varias horas de acosar a universitarias en los bares pudo comprobar que mas que rechazo, el provocaba repulsión. ¿Sería su incipiente calva, su creciente barriga? No, es que no se tenía en pie de tanto alcohol. Creo que fue él quien propuso ir a un bar de putas, todos dijeron: ¡no!

 

Los continuos rechazos de amigos y extrañas le hizo pensar que él era distinto, de una clase mejor, él era un auténtico liberal, sin prejuicios ni remilgos. Se marchó, comenzó a andar solo por la ciudad, de madrugada, en busca de otra cueva de atmósfera emponzoñada de alcohol y otras sustancias menos volátiles. Pronto el alcohol no encontró buen acomodo en su estómago, los mareos y las nauseas comenzaron. Se refugió entre dos coches y comenzó a dar sonoras arcadas, no salía ni el postre, que aún lo podía notar, como a lo largo de toda la noche, intentando cubrir el trayecto que separa la boca del estómago. Tales fueron los esfuerzos de contracción, que casi se orina encima, por suerte aún le quedaba la conciencia justa para sacarse la polla y mear. Sin tiempo de metérsela volvieron las arcadas, esta vez acompañadas de dolorosas convulsiones de estómago,  se tambaleaba tanto que se tenía que coger al techo de uno de los coches para no caer. Al fin cedió y se acurrucó entre ellos.

 

Jorge; Jorge, daba una especie de lamento que se transformaba en sonoros gemidos que le destrozaban la garganta, ésta se encontraba totalmente empañada de líquidos que animan a la regurgitación, parecía un león herido invocando la ayuda del resto de la manada. Pasaban parejas, grupos de amigos, coches, bicis, motos, solitari@s en busca de una oportunidad para sacar el as de su manga, nadie ayudó. Risas, insultos y comentarios de todo tipo fue la única colaboración. Sollozó, pensó en su mujer acostada en la cama en ropa interior, y lo bien que él se sentiría allí ahora mismo abrazado a ella.

 

            Un grupo de chic@s veinteañeros se acercó, le preguntó si necesitaba algo, si quería que lo llevasen a su casa o llamasen a un taxi.

   Jorge; Jorge, quería decir sí pero nada le salió, no podía mover un músculo de su cuerpo. Una hermosa muchacha se acerco, se acuclilló junto a él y le acarició. ¡Por fin! De una forma un poco retorcida pero esa noche estaba empezando a sonreírle, todo había merecido la pena y encima con una veinte años más joven que él, tan fresquita y tierna. Pero con ese último pensamiento todo se desvaneció, su lado conciente no aguanto más y decidió que era hora de descansar y allí mismo Jorge se quedó dormido, soñando con una cama rebosante de universitarias y su mujer en la cama de matrimonio de la habitación de al lado, esperando a que termine y se acerque a dormir junto a ella tras la orgía, para él era su refugio favorito.

 

            Susan; Susan desnuda frente al espejo pudo apreciar como la toalla le estaba empezando a robar el enmascarador y poco sutil embellecedor que era el tono moreno que había adquirido su piel durante las vacaciones, dejando así al descubierto la inexorable y unidireccional marcha espaciotemporal que arrastra consigo segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años e ilusiones. Le agobiaba ser plenamente consciente de cómo el ineludible paso de su vida le robaba su fertilidad. La fobia posadolescente a formar una familia, se desvaneció junto con los recuerdos de apuntes estudiados par exámenes de universidad. Ahora tras una temporada que autodenominó neutral, el sentimiento maternal había germinado, crecido pero no florecía, siempre recordará el día en que en un cruce de caminos se equivocó de lado, y pese a saber desde hace tiempo que ese camino lleva a ninguna parte, ella sigue adentrándose en el, guiada por sus miedos que no hacen otra cosa más que agrandar el vacío físico y mental. Para Susan, sin salida, no hay salida.

 

            Decide darse un baño a ver si así espanta, antes de ir a la cama, algunos pensamientos martirizadores. Se agacha a abrir el grifo del agua natural que en esta época del año aún sale algo tibia, aunque cada vez menos. Al estirar su desnudo cuerpo y doblar la espalda para alcanzar los grifos, pudo observar  como sus senos se volcaban hacia delante  quedando suspendidos en el aire. Y esos melifluos abrevaderos de paladares consecuentes, se le hacían vergonzantes rescoldos de lo que en su día fueron hermosos volcanes de pasión. Incapaz de percibir la  concordancia que producían  dentro del conjunto de su cuerpo  y que hacían a este adquirir un hermoso valor carnal no tan lejos de la turgencia como ella creía ver. Se enderezó y empezó desde el imparcial y deformador prisma de la auto-observación que devuelve el espejo La flacidez que habían ganado sus carrillos, papada, ojos, frente, brazos, culo, muslos y pantorrillas, por supuesto todo exagerado. Además se dedicaba a adquirir ciertas posturas más o menos cotidianas para deleitarse de forma sádica en la acumulación, pausada pero sin descanso, de grasa en su cintura y caderas. Observó con cara de desaprobación como su morfología iba volviéndose extraña para ella, que llevaba siguiéndola desde años, se iba transformando en el martirologio de su vida actual. Su piel comenzaba a adquirir una apariencia poco atractiva, producto de la acumulación de grasa bajo la misma. Empezaba a sustituir cada vez con más frecuencia el tiempo empleado en restar importancia al físico, por minuciosas observaciones y críticas frente al espejo.

 

            Susan; Susan, se encontraba demasiado turbada, por acumulación de sentimientos, como para apreciar la decenas de atractivos recovecos que aguardaban en su cuerpo para inexistentes amantes. Amantes que podrían ser cualquiera de los animales funcionales que se quedaban mirando su voluptuoso cuerpo por la calle, en un bar durante el almuerzo o aquellos que se decidían a lanzarle algún piropo, aunque esta última opción era la menos probable. Además había que contar con los conocidos que trataba con frecuencia y entre los que despertaba además de admiración y amistad, algún deseo de lujuria guardado con celoso secreto.

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“El insomnio de una noche de verano: Metamorfosis” II parte.

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(Viene de la I parte que es el post que hay a continuación,)

 

 La luz era en esa época del año atractora de pequeños insectos alados de malos hábitos nocturnos, ese pensamiento le hizo que sus dos enfoques fueran a parar al mismo sitio: la luz. Su apetito le impulsó a levantarse pero su ritmo era lento, pausado, interrumpido por chispazos de cordura que le preguntaban porqué esos asquerosos bichos abrian en él el anhelo de un apetitoso manjar. Puso los pies en el suelo y al notar la aliviadora sensación de la temperatura de las losas, miró hacia abajo y contempló con gran asombro como sus pies se habían transformado en los mismos perfectos asidores que colgaban de sus huesudos brazos, además vió como su cuerpo estaba totalmente blanco, tan blanco como la sábana ajustable de su cama y sus pies pasaban paulatinamente del blanco al color del rojo mármol con vetas negras que componían el suelo de toda la casa. Quería buscar una explicación a todo este horror pero su ansia por comer se lo impedía y le hacia avanzar hacia la ventana. Al llegar a su altura, descorrió la corina y allí estaban, no eran más que un puñado de polillas y mosquitos estrellándose contra la mampara de plástico que protege la bombilla del farol de su entorno exterior. Un fugaz relámpago neuronal le trajo a la mente a miles de personas frente a ventanillas en bancos, ventanillas en edificios gubernamentales, pantallas digitales, parapetos de antidisturbios… pero no podía retener esos pensamientos, fantasmagóricas metáforas de la dicotomía entre naturaleza y progreso como la que tenía delante de él, que  venian tan rápido como se fugaban. Ahora todo daba igual aquella imagen que presenciaba en ese momento era para él como si en otro tiempo, que le parecia tan lejano que era casi irreal, hubiese visto saltar la grasa derretida de un filete al calentarse con el ardor del fondo de la sartén, aunque ahora ese pensamiento le daba naúseas y rápidamente volvió a concentrarse en su insomne cena.

 

     No separaba la vista de los puntitos brillantes que revoloteaban de forma nerviosa en el aire denso, apoyó las manos en el marco de aluminio de la ventana, sacó la cabeza al exterior y algo empezó a moverse en el interior de su boca. Una gran masa musculada queria abrirse paso, entreabrió su mandíbula y una lengua larga y pegajosa comenzó a deslizarse por sus labios despacio, hasta que estuvo seguro de no errar en el disparo y ¡zas! como el percutor de un arma se disparó a una velocidad tal que al dar con la parte superior de la farola, hizo que ésta se desprendiese del poste, pero en vez de caer al suelo quedó literalmente pegada a su lengua. Tras acabar ese primer impulso de la inercia del golpe, empezó a retroceder a la par que su lengua comenzaba el camino de vuelta a su interior, viendo así de forma irremisible como aquel cacharro se arrastraba, remontando altura, por la fachada del edificio y acabaría impactando en su cara. Dió un paso atrás y justo delante de sus narices, el ancla antes iluminada reventó contra la ventana y la parte de muro que la sostenia, dejando entrever las pestañas de hierro que sostienen ésta a éste. El tamaño y la posición que traía el farol impedió que llegase a entrar, despegandose de forma brusca y dolorosa de su lengua.

 

    Cayó de espaldas en la cama presa de una pánico atroz, el sudor se había vuelto frío, se encontraba totalmente paralizado, seguro de que el ruido del impacto habia despertado a medio vecindario. Quedó un momento quieto, callado, intentando contener su agitada respiración, esperando la reacción de la gente y tal reacción fue absolutamente inexistente, tal vez acostumbrados como estaban a que en la zona se podía oir a acualquier hora del día cualquier tipo de ruido.

 

    Fuera, en ausencia de luz artificial, la luz natural se iba haciendo cada vez más palpable y se percató de que el alba estaba comenzando a despuntar, intentó relajarse, pensar en su nueva situación, qué haria, cómo viviria, cómo lo explicaría, tal vez lo cogerían para experimentar con él como bicho raro que era, pensaría la gente que es un extraterrestre, le harían biopsias, vivisecciones… no, lo mejor sería el suicidio, inútil hacer explicar a quienes no entienden. Sonó el despertador, no lo esperaba así que el susto fue tal que podía notar en su interior los golpes de tambor que daba su presión sanguinea, hora de ir al trabajo, no podía ser cierto. ¿Cómo iba a ir a ningún sitio así? Pensó que tal vez la cara no le hubiese cambiado y podría vestirse de forma tal que le permitiese pasar algo de tiempo hasta que decidiese que hacer con su nueva situación, aunque sería bastante cantoso para la época del año. Reflexionando recordo la chilaba que tenía en algún cajón de su viaje por el norte de África, la buscó de forma desesperada vaciando directamente el contenido de los cajones sobre la cama, en el tercero fue donde la encontró. Decidió probarsela a ver que tal, el único espejo de la casa era el del baño, así que se dirigió hacia allí, encendió la luz, se  giró frente al espejo y pudo ver su cara de asombró al contemplar que su rostro era el mismo de siempre y su cuello, pero también sus manos y el resto del cuerpo.

 

    Fue a su habitación, se asomó a la ventana y allí estaba la farola tan sucia e intacta como siempre, se sentó en la cama a intentar asimilar que todo había sido producto de su imaginación, como un trampantojo producido por el insomnio de una noche de verano. Se dio cuenta de que la vida seguía exactamente igual un pensamiento que por imposible que parezca no le consoló.

 

                           FIN

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“El insomnio de una noche de verano: Metamorfosis” I parte.

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Medía el paso del tiempo en función del ruido que venía de la calle, no sabía cuantos minutos estaba en la cama, tal vez fueran ya horas. En el exterior el silencio era casi perpetuo, solamente interrumpido de forma esporádica por algún coche en la lejanía. Podría haber tomado como referencia del transcurso de la noche la función en proporción directa con las vueltas dadas en la cama, ¿cuántas eran ya? Miró hacia la cortina que tapaba la ventana, que abierta su hoja de forma estratégica del lado de la cama que sustentaba la mitad superior de su cuerpo, así si soplaba aire la resistencia de la tela haría que éste se redireccionase hacia la cabeza. Pero la cortina no se movió en toda la noche.
 
      Pronto el ventilador, que poco aliviaba la bochornosa situación, se convirtió en una especie de objeto de estudio, de recuerdo casi melancólico. El aire tibio que desprendía le traía recuerdo de tierras desérticas, lejanas y evanescentes, pero con sentimientos de hogar. ¿Cómo podía ser si nunca había estado en esos parajes? Se preguntaba a la vez que su imaginación los hacía totalmente familiares. Una sensación fisico-biológica lo sacó de su ensimismamientos, se le abría el estómago, estaba hambriento, un hambre repentina como cuando te llega el aroma de alguna cocina preparando un plato que tal vez sólo exista en tu imaginación, un olor que te trae manjares cocinados en un antiguo hogar al que ahora echas de menos. Pero ahora no se olía a nada que no fuera el sofoco que hacía transpirar a sus poros.
 
      El expansionador de esfínteres estomacales, el vaciador de estómagos repletos era esta vez un sonido, el suave ruido del rotor del ventilador, que cada vez más se asemejaba a un zumbar de insectos. Intentaba explicarse cómo ese ruido se había deformado de tal manera y cómo esa deformación despertaba en él su apetito, no podía seguir pensando, la deshidratación que el contacto con la cama y la almohada producía en su ser no lo dejaba pensar con claridad. Se incorporó y al sentarse sobre la cama observó con horror como un nuevo apéndice se había incorporado a su cuerpo. Una cola se deslizaba desde su entrepierna e iba pasando de una parte ancha en el inicio a una fina y delgada al final, final que estaba más allá de sus pies, casi colgando de la cama. Fue a tocar aquella ilusión para salir del equívoco, pero lo que vio lo sumió aún más en su incredulidad. Era su mano o más bien lo que tenía en lugar de su mano, una especie de garra torpe con tres grandes dedos terminados en romas uñas. No lo podía creer ¿en qué se estaba convirtiendo? Se volvió a acostar, mirando al techo, intentando asimilar que lo visto era producto de la imaginación, pero el ruido del ventilador no le dejaba, le perseguía como la imagen de un enjambre listo para servir.
 
     Escuchó pasos en el piso superior, la hija de la vecina acababa de llegar a su casa, pensó en ella y sólo conseguía vislumbrar a una enorme mariposa de hermosos colores y un cuerpo realmente apetitoso. Se levanta la madre, abre la puerta de su habitación, lo que le hace recordar a nuestro protagonista que tal vez con un aparato de aire acondicionado, esta pesadilla no tendría lugar, escucha una conversación en voz alta, preguntas, reproches, portazos,  un par de gritos de la madre: una tremenda mantis de ojos saltones que podía sentirlos estallar en el interior de su boca en el primer mordisco. Otra puerta, el hijo mayor chillando, insultando a madre y hermana, lo sentía andar por el suelo vecino y el techo propio, recordándole a esos apetitosos y crujientes escarabajos pelotero. Sabía que si subía inmediatamente al piso de arriba con sólo tocar el timbre podría darse un gran festín.
 
     Pero al concentrarse en lo que estaba viendo en ese momento todo se desvaneció, su cerebro procesaba sin haberse percatado, dos imágenes simultáneas, una el techo de la habitación, la otra el ventilador, se oye un ruido fuera. La imagen de su derecha dirigida por su ojo derecho, fue a parar de nuevo a la cortina. Una vez más el ruido de todas las noches, aquel casi imperceptible en invierno, le despertaba de vez en cuando en las noches de verano, el depredador nocturno, apostado como siempre en el balcón de la azotea del piso del otro lado de la calle. Paisajes y paisanaje condenados durante décadas a tener la misma visión desde sus ventanas: los ángulos convexos, las líneas rectas paralelas o convergentes del edificio de enfrente.
 
      Intentará salir de aquella paranoia, de aquel sinsentido, imaginando el recorrido que haría la brisa nocturna en caso de existir. Un recorrido que iría desde la ventana de la habitación situada a su derecha, saliendo por la puerta de la misma ubicada en su izquierda, entrando en el comedor tras atravesar el ancho del pasillo y saliendo como atraida por magnetismo por el balcón. Lo increible era que podia visualizar el recorrido sin mover la cabeza ni los ojos, , así tal y como estaba acostado en la cama sobre su espalda, veia perfectamente tanto la puerta y las sombras del comedor en la penumbra de la noche, como la ventana y la cortina, iluminada por la farola cuya altura se paraba justo a la misma que su ventana.

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OPERACIÓN TRASTORNO

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El párroco da la extremaunción al mar antes de que se metan los tiburones.

Los bañistas, que pese a ser la gran mayoría de la afluencia son pequeños en fuerza, tiemblan de pavor al ver a las medusas entrar al agua. Saben lo difícil que es escapar de sus urticantes tentáculos. Sus gelatinosos y temblecosos cuerpos se asemejan a estaciones de radio emitiendo ondas a todo su alrededor.

Aguijones y pinchos venenosos se reparten perfectamente ordenados y alineados, convirtiendo el fondo arenoso en una milimetrada cuadrícula para hacer matemáticas.

La piel roja, del color de la llama que se intenta separar de la lava en pequeños  y vanos intentos de libertad, enfundada en duras escamas que se tuestan y endurecen al sol. Pequeña escapada canicular que se permite realizar el diablo que todos llevamos dentro.

Nadie se atreve a sacar el cuerpo fuera del agua, todos sumergidos hasta casi tocar la nariz con el salado y a veces oleoso líquido.

Desde el banco de arena, que separa la parte desolada que empieza en la orilla de la frondosa, vegetal y salvaje, se divisan las sombrillas. Se asemejan a hostias que relucen bajo el desecante sol. Prácticamente no se ve libre ni un metro cuadrado de arena, todo está repleto de esterillas reclinatorios. Nadie quiere, pese a todo, quedarse fuera de la religión del verano.

En verdad solo faltas tú, extraña sirena de rosadas areolas. Solo tú, estrella que caíste arrastrada por la luna, sabrías explicarme qué hago en este lugar tan fuera de ti y de mí. Solo faltas tú, delicada melancolía atrapada en la soledad de tu castillo de arena junto a remotas orillas pendientes del abismo, esperando la siguiente ola, sin saber si tirará el muro y te liberará o saltará por encima y lo inundará todo, haciendo saltar cada grano de arena en una danza imperceptible y caótica que volverá a tragar este lejano mar.

Mientras tanto, sobreponiéndose a la algarabía y chillidos, viene del chiringuito la voz de Sinatra cantando el I got you under my skin.

 

 

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futuro nanomolecular

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No llegó en patera, ni en los bajos fondos de un camión, sino en LHC.

No cruzó la frontera norte ni la sur, no. El límite que ha traspasado es el de lo conocido.

Su llegada no ha supuesto delito, sino que ha sido recibido con gran algarabía.

Pero algo tiene en común con el resto, no se sabe exactamente quién es, solo se conoce su nombre: Bosón. Un nombre bastante común allí de donde viene, algo así como aquí Jose; Paco o Juan. No hay apellidos, fecha de nacimiento, país de origen ni un número de identificación. Se le ha puesto en cautelosa cuarentena hasta conocer correctamente su identidad, mientras estará ingresado en un CIE, supongo.

Si finalmente descubren que su apellido en vez de Higgs es Suleiman, Keita, Salam o algo por el estilo ¿lo volverán a expulsar al límite de lo desconocido? ¿serán garantizados sus derechos más básicos?

Se celebran goles, hallazgos nanométricos, primeros puestos en meta y la recuperación de vetustas escrituras, porque más allá no hay nada. El abismo, la desilusión, la incertidumbre, incomprensión, rechazo, injusticia, avaricia, abuso, corrupción y el distinto trato de siempre.

Somos vasos comunicantes a la espera de ser interconectados más allá de la falsa sensación de real que nos aporta la gran conexión virtual. Mientras tanto seguiremos igual, sin entendernos.

Ya ves, nada nuevo, pero esta vez te digo que el problema no es solo de ellos, tampoco nos entendemos tu y yo, cuestión de idioma, de espacio entre los dos, sordera o falta de convicción, tal vez  sea cuestión de olvidar a la primera persona del plural y singular. Algo que se antoja imposible ante la inmortalidad yoísitca.

Tal vez el problema está en pensar en que la solución se puede plasmar en un papel o en un ordenador a través del Word, en un sillón, distraído por el mecerse de algunas hojas al ritmo del ventilador.

Tal vez a este tipo de materia viva le ha llegado la hora de su descomposición, no hay error, es ley de vida: la mort. Alguien dijo que la muerte es la única certeza que tenemos en la vida y sin embargo es una de las mayores incertidumbres de la misma y para colmo cuando te toca a ti no estás para vivir la experiencia. Ante la evidencia de la imposibilidad de vivir nuestra muerte, nunca morimos para nosotros mismos, lo dicho: el yo es inmortal.

Tal vez deberíamos atrevernos más, pensar menos, eliminar dos de cada tres normas que nos imponemos. Dejar de vivir en base al único tiempo que no existe: el futuro.    

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Rezando a Dios: desenlace.

El texto viene de la 3ª parte, sita más abajo.

 

Se vistieron y ella le preguntó si llevaba marihuana, tras la respuesta afirmativa ella sacó una pequeña pipa de su bolso e hizo un gesto para compartir pipa ella, hierba él.

-Pero esta maria está picada- dijo Maira con desagrado.

-Tranquila- replico Marcos- está picada porque la mezclé con unas setas secas machacadas y hechas polvillo, un truco que me recomendó un colega de falansterio.

– ¿De fa…. Qué?

-Fa-lans-te-rio, ya te comentaré- dijo Marcos, algo más arisco al empezar a notar ciertos síntomas de arrepentimiento, un sentimiento de culpa que no le agradaba pero que era incapaz de repeler. Se preguntaba, para sí, qué tipo de amargo recuerdo guardaba en algún oscuro y recóndito rincón de su subconsciente.

-Toma prepáralo mientras me como un par de trozos de pizza del microondas, por cierto ¿de qué es?- dijo Maira sacando a nuestro protagonista de su ensimismamiento.

-No sé, es como cebolla, con pimiento y algunas verduras más, es de la que más había sobrado.

-Normal, esa es la que se ha hecho con la masa que preparó Rita con algo de marihuana y la gente ha comido poco.

Marcos devoró con rapidez un primer trozo, dio un par de caladas a la pipa y para cuando fue a empezar con el segundo trozo, se sorprendió al ver como el rostro de ella desaparecía tras las bocanadas de humo que salían expulsados por unos labios a los que el devenir de la noche había borrado todo el luminoso rojo que traía al principio.  Cuando Marcos se termino su segunda porción, ella le extendió el brazo con la pipa y un mechero con una bolsita de celofán. Agarro el ofrecimiento y salió fuera vaciando la pipa y rellenándola de nuevo con la mezcla, encendió el mechero y acercó la llama a la mezcla puesta en la pipa, mientras iba aspirando y podía ver como rápidamente la mezcla se transformaba en una especie de brasa al rojo, paró de calentarla al notar sus pulmones llenos, retiró la pipa de la boca con lentitud y empezó a exhalar una gran bocanada de humo denso. Se recostó en una silla y volvió a repetir el proceso, pero ya empezaba a notar los efectos de la vez anterior, o tal vez era la masa de la pizza ingerida o la mezcla hecha a lo largo de la noche. Volvió a exhalar el humo, esta vez parecía más denso aún, era como si entre los árboles del exterior empezara a meterse la típica niebla escarchada de las noches de invierno.

No se oía música, solo grillos, más lejos algún mirlo y la escandalosa alarma de un pavo real noctámbulo, de fondo constante un coro de perro ladrando a la luna, que bañaba con su casi plena luz el paisaje. Giró la cabeza para escrutar el interior de la casa y decirle a Maira que pusiera algo de música. Se quedó totalmente helado al comprobar que en el sillón del comedor en vez de ella, estaba sentado él mismo. Se imaginó que sería el efecto del cóctel que llevaba en su cuerpo, así que decidió seguir con el juego, vació la pipa, la rellenó y dio otra calada. Exhaló el humo, que se quedó compacto durante un par de segundos ante él, una imagen que le evocó y transporto a las nieblas del corazón del Congo de Joseph Conrad. Al ir disipándose la nube vio como la chimenea de la casa se desprendía y desaparecía como si fuera una nave espacial. Tras ella fue el tejado y la estructura sobre la que se sostenía, las paredes se deshacían ladrillo a ladrillo y se marchaba a toda velocidad hacia el espacio infinito todo el mobiliario, los árboles del exterior, el suelo de la casa y del exterior, de tal forma que en pocos segundos quedó sentado en el vacío. Sin nada ni nadie que lo constatase, ya no existía, se dio por muerto a sí mismo cuando un terrible olor a azufre empezó a llegar a su pituitaria, podía ver bajo él el resplandor de un suelo de lava. Esta parte ya no le gustaba, así que decidió reavivar el contenido de la pipa que aún tenía en la mano junto con el mechero. Dio una calada, expiró y una fuerte somnolencia se apoderó de él, en  el estado de incorporeidad en que se encontraba pudo comprobar como el humo que salía de su boca olía a incienso, ya no se olía a azufre, todo era una luz infinita y olor a incienso.

En el monasterio trapense de Oreisa, donde se guardaba un riguroso voto de silencio, tenían la costumbre de anunciar la cena paseando por las puertas de las celdas de las monjas con un incensario humeante. La hermana mayor despertó del ensimismamiento inducido por las largas plegaria a Dios, para que le quitase de la mente las imágenes que permanecían en su recuerdo desde hacía décadas. Su conservadora familia avergonzada por la condición  sexual de ella, la enclaustró, y ahora solo le quedaba el arrepentimiento de una culpa inducida, solo le quedaba una pared llena de desconchones y humedades frente a un reclinatorio, incapaz ya de disfrutar de las vivencias de su juventud y que le martirizaban en la lucha por llenar el vacío que dejaba la ocupación de Dios en ella.  Así para lo que algunos es una formidable y sensual ensoñación, para ella se había convertido en una terrible pesadilla de represión.

 

Fin de esta historia, espero haber entretenido.

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Rezando a dios III

El texto es la continuación de la 2ª parte.

 

Marcos se quedó en slips, la camiseta ya había desaparecido durante la fiesta que hubo tras la cena. Se dirigió a la cocina a ver si veía algún trozo de pizza que hubiese sobrado. Vio algunas porciones variadas sobre un plato, estaban heladas, así que sin dejar de contornearse al ritmo de la música las metió en el microondas y mientras veía el plato dar vueltas en el interior iluminado, le preguntó a Maira con un grito si le apetecía comer algo.

-Sí- respondió ella en un susurro.

El improvisado cocinero, paradigma del chef del siglo XXI, se dio la vuelta y allí tras él estaba ella, desnuda otra vez, incapaz de contener la excitación que hinchaba sus senos, erizaba sus pezones y ponía a flor de piel toda la sensibilidad de su cuerpo hiper-erogenado.  Él comenzó a murmurarle al oído todo lo que pensaba hacerle, entremezclado con frases de penitencia católica, acompañadas por suaves caricias de su nariz por el lóbulo de ella. Todo ello con ese acento del sur que tanto lo caracterizaba y que tan irresistible le volvía en esa estrecha distancia.

La campana del microondas sonó, fue como la señal que se emite en tantos deportes para cuadrar el comienzo de un acto que justo nada más notar la señal acústica se vuelve frenético, convulso y tan intenso que la mitad de la adrenalina a consumir durante todo el acto se quema en esos pocos segundos iniciáticos, eran dos purasangre a los que se les acababa de abrir el cajón que los retenía, los primeros instantes del siguiente acto sexual fueron, sin duda, los más salvajes de la noche.

Marcos empezó a arrastrar sus carnosos labios por todo el cuerpo de ella había besos, lametones, mordiscos… todo dependía de la parte del cuerpo por la que pasaba, oreja, cuello, boca, pezón, ombligo, pubis, muslo… ya de rodillas él y aún en pie ella, una rápida media vuela inducida por un firme gesto de Marcos. Conforme comenzaba a repartir suaves besos por las generosas y prietas nalgas de la fémina entrelazados por las más sutiles caricias de sus labios que ofrecian un minucioso recuento del imperceptible vello, empezó a deslizar su mano izquierda por la espalda hasta llegar a ese punto de nuestro cuerpo que es el centro de lo que se llama de forma figurativa cruz, que no es otra cosa que ese sensual y sensible espacio que hay entre los dos omoplatos. Con un sutil pero decidido gesto la invitó a que doblase su cuerpo hasta apoyar los brazos en la cocina. Mientras Maira bajaba la tapa que guarda los infiernillos para descansar sobre ella, empezó a notar como se le erizaba todo el cuerpo al contacto de la lengua de su amante con su ano, para iniciar así un recorrido por sus genitales y enredarse en su clitoris, jamás había tenido la sensación de poder correrse con sólo unos segundos de contacto,notaba como le empezaban a fallar las rodillas, no sabía que le pasaría si se iba a correr o directamente se desvanecería. Al notar esto, Marcos paró incorporándose mientras subía por el cuerpo de ella, tras ponerla de frente, una húmeda lengua que no dejaba ningún excitado recoveco por recorrer en muestra de agradecimiento por tan grande disposición y aunque ella no lo percibió, se encontraba sentada sobre la chapa que cubría la cocina con los talones apoyados sobre el culo de él y las manos en la encimera, fabricada en piedra de color rojo. Salió rápida de ese estado de trance al notar la primera embestida de Marcos, tan fuerte como contenida aunque esto último no impidió que ella diese un grito de ahogado dolor placentero.

 

Placer que llegó a su climax con la rapidez de quien poseída por la química de la excitación ha sido sobreexcitada y con la sensación experimentada anteriormente y que aún mantenía palpitante su clitoris, hinchado y sensible hasta extremos no conocidos por la forzada sobriedad con que ella solía manejar esas situaciones. Solo hizo falta notar la herida de la carnosa daga, el masculino aliento en sus pechos, para dar rienda suelta a sus impulsos, el orgasmo fue tan brutal que para poder mantener la postura y que no le flaqueasen los brazos se tuvo que sujetar fuertemente a él y este respondió con otro abrazo. Una vez terminada la intensidad orgásmica, él con cara de orgullosa satisfacción casi vengativa besó sus senos mientras notaba como una mano se deslizaba bajo su tiesa verga y acariciaba su bolsa escrotal, mermada por la aportación de piel que requería el alargamiento y endurecimiento de su polla.

 

Así Maira le susurró que se pusiera donde ella estaba, el lo hizo y pronto empezó a notar la fuerza succionadora de su húmeda y caliente boca. Lentamente dejó que sus labios masajearan de forma sensual su glande. Tampoco se hizo de rogar el orgasmo, empezó a gemir con notoriedad como avisándola de la pronta avenida del amargo líquido eyaculado. Ella, lejos de retraer la fuerte excitación del momento,  metió un dedo en su coño y una vez húmedo le hizo un masaje anal que provocó que el estallido de placer se multiplicase exponencialmente. Así conforme notaba el ardiente y espeso líquido en la boca fue aminorando el ritmo de sus masajes a la vez que dejaba escapar el semen por las comisuras de sus labios.

Tras la escena, una mirada de complicidad y se dirigieron a la ducha, deshaciéndose mutuamente de los flujos propios y ajenos.

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